Escrito por los Hermanos Grimm
Versión adaptada
Ilustrado por Von Arthur Rackham
Versión adaptada
Ilustrado por Von Arthur Rackham
Hace muchos años vivían un rey y una reina quienes al despertar cada día decían:
–¡Ah, si al menos tuviéramos un hijo!
Pero el hijo nunca llegaba. Un día, mientras la reina se bañaba, una rana saltó del agua a la tierra, y le dijo:
–Tu deseo será realizado y antes de un año, tendrás una hija.
Poco tiempo después, lo que dijo la rana se hizo realidad, y la reina tuvo una niña tan preciosa que el rey no podía ocultar su gran alegría, y pidió que se hiciera una fiesta. El rey no solamente invitó a sus familiares, amigos y conocidos, sino también a las hadas, para que ellas fueran amables y generosas con la niña. En el reino vivían trece hadas, pero solamente tenía en el palacio doce platos de oro para servir la comida en la cena, así que decidió no invitar a una de ellas.
Fue una fiesta hermosa, y cuando llegó a su fin, las hadas se acercaron con sus mejores y poderosos regalos a la niña: una le regaló la Virtud; otra, la Belleza; la siguiente, Riquezas, y así todas las demás, con todo lo que cualquier persona pudiera desear en el mundo.
Cuando la decimoprimera de ellas había dado sus obsequios, entró de pronto la decimotercera, la que no había sido invitada. Ella quería vengarse por haber sido ignorada, y sin ningún aviso, y sin mirar a nadie, gritó con voz bien fuerte: “¡La hija del rey, cuando cumpla sus quince años, se pinchará el dedo con un huso de hilar, y caerá muerta inmediatamente!”. Y sin mucho más que decir, dio media vuelta y abandonó el salón.
Todos quedaron sorprendidos, con la boca abierta, pero la duodécima, la que aún no se había acercado a dar su regalo, se puso al frente, y aunque no podía evitar el malvado regalo del hada enojada, sí podía disminuirlo, y dijo: “¡Ella no morirá, pero entrará en un profundo sueño por cien años!”.
Desde ese momento, el rey trató por todos los medios de evitar aquella desdicha para la joven.
Dio órdenes para que toda máquina hilandera o huso en el reino fuera destruido. Mientras tanto, el resto de los regalos de las otras doce hadas se cumplían completamente en aquella joven. Así, ella era hermosa, modesta, de buena naturaleza y sabia, y cuanta persona la conocía, llegaba a quererla profundamente.
Así pasó, que el mismo día en que cumplía sus quince años, el rey y la reina no se encontraban en casa, y la joven estaba sola en el palacio.
Curiosa, fue recorriendo todo sitio que pudo, miraba las habitaciones y los dormitorios como ella quería, y al final llegó a una vieja torre. La joven subió por las angostas escaleras de caracol hasta llegar a una pequeña puerta. Una vieja llave estaba en la cerradura, y cuando la giró, la puerta rápidamente se abrió. En el cuarto había una anciana sentada frente a un huso, muy ocupada hilando su lino.
–Buen día, señora –dijo la hija del rey –¿Qué haces con eso?
–Estoy hilando –respondió la anciana, y movió su cabeza.
–¿Qué es esa cosa que da vueltas sonando tan lindo? –dijo la joven.
Y ella tomó el huso y quiso hilar también. Pero nada más había tocado el huso, cuando el malvado regalo se cumplió, y la joven se pinchó el dedo.
En cuanto sintió el pinchazo, cayó sobre una cama que estaba allí, y entró en un profundo sueño. Y ese sueño llegó a todo el territorio del palacio. El rey y la reina, quienes estaban llegando a casa y habían entrado al gran salón, quedaron dormidos, y todos los que vivían en el palacio con ellos. Los caballos también se durmieron en el establo, los perros en el jardín, las palomas en el borde del techo, las moscas en las paredes, incluso el fuego del hogar que seguía prendido quedó sin calor, la carne que se estaba asando paró de asarse, y el cocinero que en ese momento iba a retar al joven ayudante por haber olvidado algo, quedó dormido mostrando su cara de enojo. El viento se detuvo, y en los árboles cercanos al castillo, no se movía ni una hoja.
Alrededor del castillo comenzó a crecer una planta espinosa, que cada año se hacía más y más grande, tanto que lo rodearon y cubrieron totalmente, de modo que nada del castillo podía verse, ni siquiera una bandera que estaba sobre el techo. Pero la historia de la Bella Durmiente “Preciosa Rosa”, que así la habían llamado, se difundió por toda la región, por eso de tiempo en tiempo hijos de reyes llegaban y trataban de atravesar la inmensa planta espinosa queriendo alcanzar el castillo.
Pero era imposible, pues las ramas de la planta se unían tan fuertemente como si tuvieran manos, y los jóvenes eran atrapados por ellas, sin poderse liberar.
Y pasados muchos años, otro príncipe llegó también al lugar, y oyó a un anciano hablando sobre la planta espinosa, decía que detrás de sus ramas, de sus grandes y espinosas ramas, se escondía una bellísima princesa. La joven se llamaba Preciosa Rosa, y estaba dormida desde hacía cien años, y que también el rey, la reina y todos los habitantes estaban dormidos. Y además había oído de su abuelo, que muchos hijos de reyes habían venido y tratado de atravesar la inmensa planta espinosa, pero quedaban pegados entre las ramas.
Entonces el joven príncipe dijo:
–No tengo miedo, iré y veré a la bella Preciosa Rosa.
El buen anciano trató de disuadirlo lo más que pudo, pero el joven no hizo caso a sus advertencias.
Pero en esa fecha se cumplían los cien años del malvado regalo, ya se había cumplido el tiempo, y había llegado el día en que Preciosa Rosa despertaría.
Cuando el príncipe se acercó a donde estaba la inmensa planta llena de espinas, no había ahora otra cosa más que bellísimas flores, que se corrían de lugar y dejaban pasar al príncipe sin herirlo, y luego se juntaban de nuevo detrás de él como formando un muro.
En el establo del castillo el príncipe vio a los caballos y en los jardines a los perros dormidos, en los bordes del techo estaban las palomas con sus cabezas bajo sus alas. Y cuando entró al palacio, las moscas estaban dormidas sobre las paredes, el cocinero en la cocina aún tenía extendido su dedo para regañar al ayudante, y la criada estaba sentada con la gallina negra que tenía lista para desplumar.
Él siguió avanzando, y en el gran salón vio a todos los habitantes de la corte dormidos, y en el trono estaban el rey y la reina.
Miró a todos lados y avanzó aún más, todo estaba tan silencioso que podía oír su respiración.
Por fin llegó hasta la torre y abrió la puerta del pequeño cuarto donde Preciosa Rosa estaba dormida. Ahí estaba tan hermosa que no podía mirar para otro lado, entonces se quedó quieto, se puso de rodillas y la besó. Tan pronto sintió el beso en la mejilla, Preciosa Rosa abrió sus ojos y lo miró muy dulcemente.
Ambos bajaron juntos, y el rey y la reina despertaron, y todos los habitantes de palacio, y se miraban unos a otros con gran asombro. Y los caballos en el establo se levantaron y se sacudieron.
Los perros saltaron y movieron sus colas, las palomas en el borde del techo sacaron sus cabezas de debajo de las alas, miraron alrededor y volaron al cielo abierto. Las moscas de la pared revolotearon de nuevo.
El fuego del hogar alzó sus llamas y cocinó la carne, y el cocinero sacudió su dedo al ayudante de tal manera que hasta gritó, y la criada desplumó la gallina dejándola lista para el cocido.
Días después se celebró la boda del príncipe y Preciosa Rosa con todo esplendor, y vivieron muy felices hasta el fin de sus vidas.
Adaptada desde las versiones en español “Kinder— und Hausmärchen” de Jacob y Wilhelm Grimm, posteriores a la segunda edición de 1815.
Las imágenes que ilustran este cuento son parte del fondo histórico de literatura infantil y juvenil de la Colección Colmo de la Biblioteca Nacional de Maestros.
Este material fue producido por la Biblioteca Nacional de Maestros. Bib. Laura Palomino
COORDINACIÓN DE CONTENIDOS, SERVICIOS DIGITALES Y COMUNICACIÓN (BNM)
Coordinación: Marta González del Valle
Diseño y diagramación: Juan Salvador de Tullio, Elizabeth Sánchez
Este material fue producido por la Biblioteca Nacional de Maestros. Bib. Laura Palomino
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Coordinación: Marta González del Valle
Diseño y diagramación: Juan Salvador de Tullio, Elizabeth Sánchez
CUENTOS CLÁSICOS
La colección Biblioteca de la Tradición Oral recupera historias universales que ruedan por el mundo de boca en boca. Aunque estén escritas, leerlas nos recuerda rondas de cuentos, abuelas junto a la cocina y otros paisajes de infancia. Invitamos a recrear estas historias para comenzar a descubrir la aventura de leer.
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